Colaboración amiga de Alejandro Pachón Ramírez
: EL GALLINERO DEL MARIA LUISA
Enviado por ccforum el 23/11/2009 16:50:00


Alejandro Pachón


Desde luego que el Cine Alcazaba era el más señorial, el más grande y el mejor decorado. El Trajano era el más confortable, sobre todo los días de diario que ponían programas dobles. Recuerdo uno que ví en el año 1963 o 64, un lunes al salir del colegio y como algo muy especial, ya que era totalmente inhabitual ir al cine un día de clase. Probablemente era mi cumpleaños solitario (entonces no había Burgers) y además se trataba de dos clásicos en reposición: “San Francisco”, con Clark Gable y Jeannette Mac Donald y “Las minas del rey Salomón”, con Stewart Granger y Deborah Kerr. Aunque entonces no se decía “con” sino “por”. “Hatari” era “por” John Wayne.

Y el cine donde se puso “Hatari” más veces fue el Liceo. El Liceo, además de ser más pequeño o más bien menos largo que los demás y precisamente por eso, tenía una peculiaridad : las películas en Cinemascope se veían más pequeñas que las de formato cuadrado. Sería que el objetivo que utilizaban era para una distancia más larga y entonces quedaba el cuadro con el “frame” en negro arriba y abajo. Pero ese era el cine de “Hatari” y de “Ben Hur”. El cine de los estrenos de la empresa Navia.

Si la película era de éxito, se repetía en el Maria Luisa, probablemente la misma copia con horarios distintos, en plan Cinema Paradiso, con Falete corriendo con las latas bajo el brazo.

El Maria Luisa era otra cosa. Era más nuestro cine de batalla, al que íbamos los amigos a ver, sobre todo y por encima de todo, a Jerry Lewis. Nos daba igual que fuera la época con Dean Martín, en la que había algún número musical que despertaba las iras del respetable o la casi muda y vanguardista de “Un espía en Hollywood” o “El botones”.

Lewis era nuestro actor surrealista, nuestro icono gestual y verbal, la metáfora del humor hipertrofiado como único acto de rebelión en aquel mundo gris oscuro de principios de los sesenta. En el otro extremo genérico teníamos el otro tipo de cine favorito: el de aventuras medievales como “Coraza negra”, “Los caballeros del rey Arturo” o “Taras Bulba” (bueno, esta es ya de la Edad Moderna, pero entonces nos daba igual mientras hubiera caballos y espadas)

Y donde había que ver estas películas era en el gallinero del Maria Luisa, con un suelo de madera y unas butacas del mismo material más que aptas para la percusión salvaje coreando la llegada de los arqueros del rey, el beso de Tony Curtis a Janet Leigh o el destrozo de televisores de una tienda por parte de Jerry.

El gallinero estaba separado del abismo que daba al patio de butacas mediante una artesanal y diáfana verja de hierro forjado que permitía que cayeran hacia abajo todo tipo de productos sólidos y líquidos.
Era un gallinero sin escondites, sin barandillas que ocultaran alguna butaca, sin recovecos. Las filas de asientos estaban allí diáfanas, llenas de estudiantes cafres como nosotros que buscábamos ávidamente la fila próxima a la barandilla para poner en ella los abrigos y la bufanda.

Pero previamente había que franquear la larga cola para acceder a la taquilla. Una cola que hubiera sido caótica e incontrolable de no ser por la presencia de la autoridad impuesta por el Cabo Rayo. Don Diego Rayo, cabo de la Policía Armada y que también era nuestro profesor de gimnasia en los Salesianos. O sea que era una autoridad por partida doble, más amable con nosotros cuando ejercía como policía que como profesor.

Tras la organizada cola, el acceso a la sala subiendo un pórtico con escaleras. Ese era el sitio donde ponían las carteleras, aquellos fotocromos llenos de agujeros en las esquinas, testigos de su paso por innumerables salas.

Dichas carteleras se quedaban allí cuando se cerraba el cine, aisladas del exterior por una de esas verjas correderas. Pobre obstáculo para la avidez coleccionista de alguno de nosotros, que hacíamos lo mismo que Truffaut en “La noche americana” : tirar del soporte hacia la verja con la ayuda de un paraguas y coger los fotocromos.

El Maria Luisa ha muerto y resucitado varias veces. En él recuerdo una memorable actuación con el grupo “pop” que teníamos entonces, “Los Senadores”. En él también y ya en plena era del vídeo, en uno de sus múltiples ocasos, vi por primera vez “Apocalypse Now”. La última película que vi en el Maria Luisa (que a veces se ha llamado Cine Navia, lo que induce a confundirlo con la Terraza Navia de verano), fue “Michael Collins”, acompañado de mi madre. Creo que también fue uno de sus momentos de cierre.

Espero volver algún día al Maria Luisa, me da igual sólo o acompañado. Incluso me da igual la película, aunque preferiría que fuera de Jerry Lewis.


: LA CAIDA DE LOS DIOSES
Enviado por remedios el 29/9/2008 16:40:00

Reciente foto antes de su derribo

Alejandro Pachón



Han tirado el cine Alcazaba. Aunque sobrevivió algunos años como discoteca, muchos recordamos aún cómo fue el gran coliseo que dio sentido a nuestra infancia y juventud. Recuerdo aún la primera tarde que entré en aquel cine, con toda mi familia. No recuerdo si la película fue “Los Diez Mandamientos” o “La vuelta al mundo en 80 días”, una de las dos seguro. El típico olor del ambientador nos acompañó mientras los porteros estrenaban uniforme y descubrimos aquellos murales en el vestíbulo en los que había personajes togados y restos arqueológicos que nos recordaban dónde nos encontrábamos: en lo que fue la gran ciudad de diversión del antiguo Imperio Romano, algo así como Las Vegas en la zona occidental del mundo civilizado. El Alcazaba fue el primer templo pagano de nuestra infancia, allí donde se oían el trueno de Zeus y los martillazos de Vulcano en estéreo y technicolor, en espectaculares sagas que transcurrían en la II Guerra Mundial, en el Oeste almeriense o las calles de San Francisco. Como éramos demasiados en la familia como para comprar chucherías para todos a Fanega, mi madre llevada envoltorios con almendras fritas hechas en casa y caramelos de la Mártir comprados en casa Gutiérrez. Día festivo de lujo y gloria para familias numerosas como la nuestra que iban a disfrutar de aquel Charlton Heston que era como de la familia (para los de Mérida el peplum era, obviamente, nuestro género favorito) o de las peripecias de David Niven y Cantinflas, mientras mi padre identificaba a todos los actores que hacían “cameo” en la película.
El cine Alcazaba hacía honor al glorioso pasado escénico de la Augusta Emérita. Ya lo he publicado en diversas ocasiones, pero repetiré de nuevo que mi afición a la música de cine viene de oír en el sistema estéreo de aquella sala las mejores bandas sonoras. El himno de Tiomkim para “Los cañones de Navarone”, la alegre marcha de Bernstein para “La gran evasión” y, por fín, al impactante Morricone de “La muerte tenía un precio”.
Tarde de domingo, largas colas bajo la marquesina mientras esperabas angustiado que no se acabasen las entradas (algo bastante habitual), aunque a veces la película del Alcazaba podías recuperarla en programa doble en el cine Trajano. Pero para entonces ya habría pasado el domingo y la oscura semana de colegio se cernía como un sudario sobre nuestros escasos ratos libres.
El cine Alcazaba también contaba con una crítica extraoficial, una señora que no se perdía una película ya que era la madre del señor Bonilla, el jefe de cabina de la empresa. Rafa Bonilla, hijo de dicho señor y amigo mío, se fiaba mucho de la opinión de su abuela en lo que se refería a la programación, incluso ya en nuestros tiempos de universitarios. “A mí me ha parecido una película extraña, pero puede que a ti te interese, Rafaelito, aunque la copia está un poco rayada”- le decía la abuela-, probablemente refiriéndose a “Los pájaros” de Hitchcock.
El Alcazaba, como todos los demás coliseos, ha desaparecido y con él parte de la historia de Mérida; esa historia cotidiana llena de sueños, abrazos en la oscuridad (ya he dicho que era un templo pagano y, para las caricias de Afrodita, la mejor fila de los mancos estaba encima de las puertas de acceso al entresuelo) y fines de semana lluviosos, que tienen más importancia que la historia oficial.