: LA CAIDA DE LOS DIOSES
Enviado por remedios el 29/9/2008 16:40:00

Reciente foto antes de su derribo

Alejandro Pachón



Han tirado el cine Alcazaba. Aunque sobrevivió algunos años como discoteca, muchos recordamos aún cómo fue el gran coliseo que dio sentido a nuestra infancia y juventud. Recuerdo aún la primera tarde que entré en aquel cine, con toda mi familia. No recuerdo si la película fue “Los Diez Mandamientos” o “La vuelta al mundo en 80 días”, una de las dos seguro. El típico olor del ambientador nos acompañó mientras los porteros estrenaban uniforme y descubrimos aquellos murales en el vestíbulo en los que había personajes togados y restos arqueológicos que nos recordaban dónde nos encontrábamos: en lo que fue la gran ciudad de diversión del antiguo Imperio Romano, algo así como Las Vegas en la zona occidental del mundo civilizado. El Alcazaba fue el primer templo pagano de nuestra infancia, allí donde se oían el trueno de Zeus y los martillazos de Vulcano en estéreo y technicolor, en espectaculares sagas que transcurrían en la II Guerra Mundial, en el Oeste almeriense o las calles de San Francisco. Como éramos demasiados en la familia como para comprar chucherías para todos a Fanega, mi madre llevada envoltorios con almendras fritas hechas en casa y caramelos de la Mártir comprados en casa Gutiérrez. Día festivo de lujo y gloria para familias numerosas como la nuestra que iban a disfrutar de aquel Charlton Heston que era como de la familia (para los de Mérida el peplum era, obviamente, nuestro género favorito) o de las peripecias de David Niven y Cantinflas, mientras mi padre identificaba a todos los actores que hacían “cameo” en la película.
El cine Alcazaba hacía honor al glorioso pasado escénico de la Augusta Emérita. Ya lo he publicado en diversas ocasiones, pero repetiré de nuevo que mi afición a la música de cine viene de oír en el sistema estéreo de aquella sala las mejores bandas sonoras. El himno de Tiomkim para “Los cañones de Navarone”, la alegre marcha de Bernstein para “La gran evasión” y, por fín, al impactante Morricone de “La muerte tenía un precio”.
Tarde de domingo, largas colas bajo la marquesina mientras esperabas angustiado que no se acabasen las entradas (algo bastante habitual), aunque a veces la película del Alcazaba podías recuperarla en programa doble en el cine Trajano. Pero para entonces ya habría pasado el domingo y la oscura semana de colegio se cernía como un sudario sobre nuestros escasos ratos libres.
El cine Alcazaba también contaba con una crítica extraoficial, una señora que no se perdía una película ya que era la madre del señor Bonilla, el jefe de cabina de la empresa. Rafa Bonilla, hijo de dicho señor y amigo mío, se fiaba mucho de la opinión de su abuela en lo que se refería a la programación, incluso ya en nuestros tiempos de universitarios. “A mí me ha parecido una película extraña, pero puede que a ti te interese, Rafaelito, aunque la copia está un poco rayada”- le decía la abuela-, probablemente refiriéndose a “Los pájaros” de Hitchcock.
El Alcazaba, como todos los demás coliseos, ha desaparecido y con él parte de la historia de Mérida; esa historia cotidiana llena de sueños, abrazos en la oscuridad (ya he dicho que era un templo pagano y, para las caricias de Afrodita, la mejor fila de los mancos estaba encima de las puertas de acceso al entresuelo) y fines de semana lluviosos, que tienen más importancia que la historia oficial.



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