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Teresa Ortiz Gama
Es la última superviviente de los años dorados del sector de la exhibición cinematográfica. Donde hoy realiza cinco funciones diferentes una misma persona con todo mecanizado, se ganaban la vida dignamente varios profesionales procurando que los espectadores de la única sala —multitudinaria entonces— estuvieran perfectamente atendidos.
José Caballero la inscribió con letras de oro en la historia del cine local y del Liceo —su Liceo— al detallar que“tenía un aforo de 600 localidades, 432 butacas (18 filas de 24 cada una con pasillo central) y 168 localidades más en el entresuelo. Tanta concreción no la hemos aquilatado en plano ni documento alguno, pero goza del aval de Dª Teresa Ortíz Gama, acomodadora durante 31 años en ese escenario. Difícil sería encontrar mejor guía turístico en tal laberinto de asientos. Por pasar página, nos coloca también dos plateas de 5 butacas cada una y dos butacas reservadas con una cadena -las 21 y 23 de la fila 13- para la Policía.”
Su proverbial discreción calla millares de anécdotas, vistas desde la oscuridad del otro lado de su linterna. En compañía de su esposo Antonio Valero, el abnegado brazo derecho de la empresa Navia en Mérida, pasó su vida laboral —desde la posguerra del hambre hasta las puertas mismas del Bimilenario— haciendo posible el encuentro del emeritense con una ficción que llenara de aventuras una vida alejada de otras ofertas culturales.